Desde hace dos años, María José, una profesional de 39 años y tres hijos, lucha por controlar sensaciones que a veces le parecen indomables: son miedos tan poderosos que, cuando se disparan, distorsionan todo. Por ejemplo, en algún momento llegó a considerar como algo positivo el hecho de dejar de visitar a sus padres, poner excusas para faltar a las reuniones con sus amigas e inclusive que sus chicos no vayan a la escuela y se eduquen mediante una virtualidad de dudosísima eficacia. Es decir, esos miedos la llevaron a justificar la ruptura de lazos primordiales y a sentir seguridad únicamente en algo que no es natural: el aislamiento. Si bien ha logrado controlar esos temores, cada tanto suelen jugarle malas pasadas. Manuel tiene 60 años y lleva los últimos dos trabajando de manera remota, como muchas otras personas. La diferencia es que él ha practicado el encierro de una forma casi extrema: su única salida diaria es una rápida caminata hasta lo de su mamá, que vive a pocas cuadras. Desde entonces, los confines de su mundo se convirtieron en los límites de su casa. (A pesar de que no decimos sus apellidos porque se trata de cuestiones privadas, se trata de casos reales.)

Algunas semanas atrás se conoció un informe elaborado por investigadores de la Universidad Johns Hopkins. Es posible que el nombre de la institución estadounidense suene familiar: adquirió fama durante el 2020 gracias a su “contador” global de casos de coronavirus. Aquel trabajo afirma que el aislamiento y las cuarentenas no sirvieron de nada, porque no lograron frenar las muertes que causó el virus. Como era de esperarse, se convirtió en noticia inmediatamente. Al mismo tiempo -pero con mucha menos exposición- empezaron a aparecer voces críticas que marcaron inconsistencias: que el estudio es apenas una revisión de una treintena de trabajos ajenos, que sus autores no son expertos en salud pública y que sólo abarca la primera ola de la pandemia en Europa y Estados Unidos.

Más allá de estas cuestiones -que seguramente merecen un análisis aparte- quizás esta sea una buena oportunidad para sopesar qué dejó el confinamiento por estas tierras. Estamos a poco más de un mes del segundo aniversario del encierro duro en Argentina y las opiniones siguen (y todo indica que seguirán siendo) dispares ¿Estuvo bien aislarnos? ¿Fue una medida exagerada? ¿Se logró menguar el impacto del virus o sólo se destruyó la economía y se incrementó la pobreza? Preguntas, sin dudas, difíciles de responder. Veamos los motivos.

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Yuval Noah Harari (historiador y escritor israelí, autor de varios best sellers) sostiene que los seres humanos controlamos el planeta, porque somos los únicos animales capaces de cooperar de manera flexible y a gran escala. Esto puede interpretarse así: cualquier tipo de aislamiento va en contra de nuestra naturaleza, porque rompe el entramado que nos une. Pero hay otra forma de leer esta idea: ese mismo confinamiento puede concebirse como un gesto de colaboración masivo en pos de un bien superior: la salud. ¿Cuál es la lectura correcta? Ante la catarata de informaciones -muchas veces contradictorias- emitidas por científicos, médicos y políticos es obvio que las opiniones dependerán de la perspectiva con que cada uno mire el caso.

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Myriam Figueroa es psiquiatra e integra el directorio de la Sociedad de Psiquiatría de Tucumán. Ella aún sigue tratando personas que padecen las consecuencias del aislamiento. “Nuestra sociedad es mucho más comunitaria que la europea. Por eso acá se notó mucho más el dolor que generó el encierro, inclusive si uno estuvo aislado en familia. También se agudizaron problemas previamente existentes”, describe. Las depresiones, los miedos y las angustias que disparó la cuarentena todavía siguen siendo motivo de consulta habitual entre sus pacientes, como si el tiempo no hubiera pasado.

Miguel Ferre Contreras, secretario ejecutivo del Sistema Provincial de Salud, es pragmático: “si no tomábamos las medidas restrictivas y retrasábamos la primera ola, la íbamos a pasar muy mal. Seguramente se iba a morir más gente: no teníamos tantas camas críticas, el personal no estaba entrenado y había poca oferta de elementos de protección personal”. En otras palabras, se ganó tiempo.

Dos miradas, dos realidades.

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No está de más hacer un repaso muy general de lo ocurrido desde marzo de 2020 hasta hoy. En Tucumán (al igual que en el resto del país), el primer aislamiento fue duro y se cumplió casi a rajatabla a pesar de que la circulación del virus era casi nula. Pero cuando llegó la primera ola a la provincia, en el segundo semestre de aquel año, la gente había vuelto a las calles, muchos obligados por la necesidad apremiante de subsistir. En aquel entonces, la pobreza y la falta de trabajo ya eran un problema agudo que golpeaba a la sociedad (en menos de un año se habían cerrado unos 500 negocios sólo en la capital, según datos de la Cámara de Comercio). De ahí en más, las medidas del Gobierno fueron más declamativas que otra cosa, porque para entonces muchos tucumanos ya no estaban dispuestos a modificar sus hábitos. La segunda ola impactó en una comunidad cada vez más reacia a encerrarse. Y la tercera ola... aún la estamos viviendo. Como también estamos padeciendo las consecuencias económicas y sociales de la cuarentena, con un país al borde del abismo, familias que viven en la miseria, altos índices de desocupación, descomposición social, violencia, narcotráfico y, hasta el momento, muy pocas perspectivas de recuperación económica. Además, hay variables que aún son difíciles de medir. Entre ellas, las consecuencias que generará la locura de haber mantenido las escuelas cerradas durante más de un año. A los efectos de esta tragedia -que sólo se explica en el egoísmo y la irresponsabilidad de los que la impulsaron- seguramente los sufriremos un poco más adelante.

De lo que tampoco hay dudas es de la efectividad de las vacunas, que redujeron los índices de mortalidad de manera rotunda. Pero hoy nos estamos ocupando del aislamiento. Y la pregunta sigue siendo la misma: ¿sirvió el encierro o fue una medida netamente política y efectista?

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Mateo Martínez es el decano de la Facultad de Medicina de la UNT. Su voz es escuchada y respetada inclusive por colegas que quizás no compartan las mismas ideas. “El aislamiento no es una medida sanitaria más. Y las opiniones siempre van a estar teñidas de conceptos políticos, económicos y filosóficos. La pandemia es un problema de seguridad sanitaria y no de salud pública. Porque en estos casos se rompe la cadena productiva, se afecta la economía. Y el Estado se ve obligado a tomar medidas restrictivas para evitar el desborde social. A estos sucesos no hay que analizarlos con una lupa sino con un caleidoscopio. Y desde la ciencia debemos esperar que pasen una década o dos para que se disipen las pasiones”, reflexiona.

Si seguimos este razonamiento, para encontrar respuestas más o menos objetivas habrá que tener paciencia. De todos modos, el avance de la vacunación, el hartazgo de la sociedad y la desastrosa situación económica hacen dudosa la posibilidad de un nuevo encierro. Pero ojo: el futuro es incierto y no sabemos qué otras pandemias nos esperan. Ojalá todos hayamos aprendido algo de los errores que se cometieron en esta. Especialmente los políticos.